Pesimismo
A veces me he preguntado cómo pueden ir hada adelante aquellos que ya están de vuelta de todo, aquellos que después de explorar todos los caminos, han llegado a la conclusión de que ninguno de ellos merece la pena continuar transitándose.
Esta carga de negra experiencia que poseen tales personas, amasada con amarguras agigantadas y dulzores exiguos, actúa como una muralla o un signo de stop que impide el paso a otras personas más decididas que están dispuestas a poner a prueba su propio valor y su propia inteligencia para conseguir el fin propuesto.
Es perfectamente razonable y, sin duda, conveniente el que se aproveche al máximo el conocimiento y la experiencia de los que caminaron delante, pero también es cierto que cuando se explora un camino por segunda vez, con un más agudo espíritu de observación, se pueden llegar a descubrir importantes tesoros que antes pasaron inadvertidos.
El pretender que las propias observaciones de las cosas o de los hechos han sido suficientemente exhaustivas para desentrañar su verdadera esencia, poniendo al descubierto unas conclusiones definitivas, es un claro signo de petulancia. Millones de ojos miopes vieron caer manzanas de los árboles antes que Newton, y seguramente toda esa multitud había llegado a la conclusión definitiva de que una manzana cayendo no significa más que una fruta madura que ya no desea seguir permaneciendo en el árbol.
Cuando nuestras propias observaciones nos descubren un panorama insulso y vacío, cuando notamos la sensación de que los caminos que recorremos no conducen a ninguna parte, debemos sospechar de nuestra propia capacidad de observación más que de la aridez intrínseca de lo observado. En estos casos es cuando debemos redoblar más aún nuestro esfuerzo y si, a pesar de ello, fracasamos de nuevo, la única salida airosa que nos queda es reconocer lisa y llanamente nuestra incapacidad, y permitir que otras personas continúen en el intento. Si un problema ha resultado difícil para nosotros, puede que no lo sea tanto para aquellos que nos sucedeJi. Y nuestra postura ante el relevo no ha de ser la del pesimista que trata de justificarse exagerando las dificultades que le hicieron fracasar. Hay que adoptar más bien una postura de humildad.
Los que nos suceden tienen derecho a conocer nuestra experiencia, pura y escueta, descrita en términos objetivos, y absolutamente exenta de supervaloraciones o exageraciones. Cuando legamos nuestra experiencia arropada en nubes de pesimismo, no solamente la hacemos estéril, sino también esterilizadora.
Las generaciones que llegan han de empujar el carro de la historia más allá de donde nosotros lo dejamos, y para ello cuentan con un vigor nuevo y con una ingenuidad prístina que nosotros no debemos disminuir con nuestras apreciaciones de pesimismo.
Las olas embisten contra el acantilado unas tras otras, Y cada una de ellas lo hace con el mismo ímpetu que sus precedentes, porque todas van llegando con la fragancia de la primicia.
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