Estampas Fabriles


En los albores de la revolución industrial —cuando los hombres estaban demasiado ocupados en establecer en escala industrial procesos que hoy consideramos elementales— podría disculparse que se abandonasen los aspectos hi-giénicos y estéticos de la producción industrial. ¿Qué importaban los humos, el polvo, los olores, etc., cuando aún se sentían profundos titubeos acerca del funcionamiento regular y normal de las instalaciones? En las épocas heroicas mu-chas cosas son disculpables. ¿Quién se atrevería, por ejemplo, a reprochar a un soldado que baja de las trincheras^ su barba y su pelo descuidados, su suciedad y su miseria, cuando su propia vida se ha hallado en peligro constante? Su preocupa-ción por la supervivencia ha sido razonablemente mayor que la sentida por las atenciones higiénicas. Las circunstancias nos fuerzan siempre a reconsiderar la escala de valores que nosotros damos a las cosas.
El desarrollo de este simple razonamiento exige contestación a una segunda pregunta: Una vez terminada la guerra, y en condiciones de absoluta normalidad, ¿consentiríamos al soldado —al hombre— la apariencia repulsiva que tenía en aquellos días de la guerra?
En la mente y en el recuerdo de todos están aquellas estampas impresionantes y monstruosas de las plantas industriales de principios de siglo, en las que difícil-mente se adivinaba su silueta entre espesas nubes de humo y de polvo. Es posible que hasta hubiese en aquellos hombres un trasfondo de presunción al sentirse creadores de algo trepidante y de apariencia estremecedora, que contrastaba de plano con la imagen limpia de la actividad agrícola o con la placidez del taller artesano. Todo este sentir nos parece razonable en aquellas circunstancias heroicas, como nos parecía razormble la miseria del soldado. Ahora bien, lo que nos resistimos a admitir es la perpetuación de la suciedad industrial y de las barbas de guerra, como ocurre en algunos sectores dé nuestra vida contemporánea.
Hemos visto fábricas de apariencia aséptica, con profusa iluminación, sin ruidos ni vibraciones molestas, con ventilación adecuada, con magnífica distribución de equipo y de servicios, con accesos amplios y limpios, y con muchas cosas más.
También hemos visto —y no quisiéramos volver a ver— otras fábricas con naves lóbregas, iluminadas por escasas lámparas colgadas a gran altura y cubiertas de telarañas, con instalaciones que han crecido anárquicamente a lo largo de los lustros, con vibraciones que hacen trepidar los cimientos, con paredes húmedas empolvadas y ahumadas, con accesos pantanosos en los que el barro llega a los ejes de los camiones o a las rodillas de los peatones, etc., etc.
Hemos dicho que nosotros no quisiéramos volver a ver esas fábricas. Estamos seguros de que sus trabajadores también querrían perderlas de vista. Todos sen-timos lo mismo. Lo único que nos diferencia es que nosotros no hemos de ganarnos el pan en ellas, y esos trabajadores sí. El pan es duro de ganar^ y a veces mucho más de lo necesario.
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