La Muralla Del Silencio


Si nos hallásemos en la situación de tener que apuntar una causa importante responsable del escaso progreso industrial, no vacilaríamos en señalar con el dedo al silencio. Cuando se glosa el silencio suele hacerse siempre destacando su ver-tiente positiva, ensalzando lo mucho que tiene de virtud, pero pocas veces se analizan sus consecuencias negativas.
Hoy queremos traer a estas líneas, con la más ingenua de las filosofías, algunas tristes consecuencias que para la colectividad industrial ha tenido y sigue teniendo el silencio.
De la misma forma que el no dar puede ser debido a no tener o a no querer dar, el silencio puede tener su origen en no saber qué decir o en no querer decir. En algún caso puede también ser debido a no saber dónde, cómo, cuándo o cuánto decir.
Unos callan simple y llanamente porque no tienen nada que decir, y esta va-ciedad en el decir refleja —querámoslo o no— una vaciedad en el hacer. ¿Qué se va a decir de una labor insulsa y mezquina? Mejor es callar y aprovechar ese silencio para meditar acerca de un hacer más fructífero. Nunca es tarde para empezar, si la voluntad es firme.
Otros callan porque creen que no tienen nada que decir. Son modestos y temen herir con sus palabras los oídos de personas mejor informadas. ¿Quién duda del valor de la modestia? Si es auténtica es espléndida. Pero a veces nos parece que oculto detrás de esa modestia anida un sentimiento menos limpio: engreimiento. Somos tan importantes que solamente nos está permitido hablar cuando tenemos la seguridad absoluta de dejar boquiabierto al auditorio con la sabiduría de nues-tras palabras. A éstos, a los tímidos, hemos de decirles que no esperen a tener obras redondamente terminadas, definitivamente pulidas, para comunicar a sus semejantes sus inquietudes cotidianas, las dosis de éxito o de fracaso que les ha traído el nuevo día. En este intercambio de impresiones sobre lo que está en marcha encontrarán el consejo y el aliento de sus colegas, acortarán el camino suprimiendo andadas que ya han sido hechas sin éxito por otros y su propia experiencia contribuirá a facilitar el camino a los demás.
Existe otro grupo muy bien definido que está integrado por las personas que no quieren decir. El análisis de este grupo nos llevaría a una discusión larga y quizá embarazosa. El no querer decir supone siempre la existencia de un temor, y en el fondo una inseguridad. Las personas o las empresas deben tener un claro sentido de discriminación que les permita conocer en cada momento lo que pueden decir y lo que deben callar. Cuanto más acusada es su agudeza de discriminación menor es el peligro que tienen de decir lo que deberían callar o de callar lo que deberían decir. Y las dos situaciones son igualmente malas. Por descontado que no es fácil ni cómodo ejercer este sentido de discriminación. Hay que conocer con profundidad muchos factores internos y externos. Hay que tener un sentido es-pecial de previsión de situaciones futuras. Cuando no se está dispuesto a analizar con cuidado todos estos factores, lo más cómodo es callar en forma absoluta. Cuando uno no tiene ganas de entrar en el cuarto trastero para separar lo que se debe guardar de lo que se debe tirar o vender, lo más cómodo es sentarse y ver cómo la casa se va llenando poco a poco de objetos inútiles. Estos objetos, inútiles para nosotros, podrían ser útiles a los demás. Los objetos vendidos nos permitirían adquirir otros que nos son necesarios.
Es signo de pulcra organización —y seguimos con el símil— el no acumular lo innecesario y asignar un cometido bien definido a todo aquello que se reserva. La política de la urraca, además de significar un comportamiento poco generoso, está en desacuerdo con la movilidad y el dinamismo de los tiempos modernos.
Dejamos absolutamente sentada la necesidad de reservar determinadas infor-maciones, pero ello debe hacerse con un profundo conocimiento de causa y desde luego siempre con carácter temporal. No debe reservarse como confidencial una información después de haber pasado un plazo razonable de vigencia, porque la continua avalancha de nuevos conocimientos va eclipsando el interés de los anti-guos. El que se aferra a los viejos conocimientos es porque no ha tenido oportw nidad de conocer los nuevos. No se ha renovado.
A veces no se quieren decir las cosas por ingenuos escrúpulos de favorecer a otros que son o pueden ser competidores. Si nosotros tenemos la última infor-mación, la inédita, la que ha brotado en nosotros mismos, y están demostrados su eficacia y su valor, poco puede importarnos que el vecino adquiera la penúltima información, la que nosotros desechamos. Nunca irá más a la moda el que se viste de caridad con ropa desechada que el que se procura continuamente nuevos trajes. Lo interesante es poder asegurar continuamente esas nuevas adquisiciones. Sola-mente así se puede ser señor. Y no apurando hasta el último hilo los calzones heredados de los abuelos.
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