La Ciencia Escondida


Vuestra ciencia, ¿no es un brillante reflejo de la ciencia divina escondida, que habla y resuena desde el seno de las cosas?
Pío XII
La ciencia divina, escondida^ habla y resuena desde el seno de todas las cosas. ¿No la escucháis? Alertad el oído. Su débil palpito alienta en todos los rincones de la Creación, y por ser ciencia escondida requiere oido fino y sensibilidad despierta para captarla.
La ciencia humana es un brillante reflejo de la divina, por lo que el hombre tiene de reflejo de Dios, y por lo que de santo tiene el anhelo humano de mejor conocer la obra de su Creador.
Día a día va descubriendo el hombre minúsculas, maravillosas parcelas de esa gigantesca obra labrada con inteligencia infinita. Y su corazón se llena de gozo al comprobar que la inteligencia humana es capaz de captar esos reflejos de la divina.
El conocimiento de la íntima arquitectura de la materia, de las leyes que gobiernan sus complejas interacciones, no despierta en el hombre fatuas pretensiones de creador, sino humildes sentimientos de admirador de una obra ya creada.
Nuestro alfarero moldea con sus manos la arcilla, levanta en el torno capri-chosas formas de barro, y luego las seca, y luego las cuece, y, al fin, se siente creador de algo. Pero en el torno, bajo la presión de sus dedos, se desplazan millones y millones de partículas de arcilla, que él no ha creado, siguiendo unas leyes físicas que él tampoco ha dictado. Y en el horno^ los millones de átomos que constituyen cada uno de los cristalitos de arcilla sufren caprichosas reagrupaciones, siguiendo fielmente las leyes que el Supremo Legislador ha dado a la materia y a la energía. Nuestro alfarero no crea esa materia, ni esa energía, ni les impone leyes.
La ciencia divina, escondida, nos habla a todos los ceramistas desde nuestra propia cerámica. Nos habla desde el barro que espera la caricia de nuestras manos, desde el ladrillo que se seca y palidece y contrae, desde el esmalte que se enciende en vivos colores en las entrañas ardientes del horno. Nos habla desde todos los sitios.
Si el ceramista escucha, y escucha atento, y estudia e investiga, podrá sentirse más cerca de la Fuente de todo conocimiento. Y a la par que crece en su profesión, hallará el consuelo que produce el ejercicio continuado de la humildad. Conocimiento y humildad siempre han ido de la mano.
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