El Fabricante Y El Usuario
Si es bueno el humor que nos hace pensar y después reír, aún es mejor aquél que nos hace reír y después pensar. Hoy, sin saber por qué, ha rebrotado en mi memoria el recuerdo de una vieja historieta que en otras ocasiones me había hecho reír pero nunca me había hecho pensar. Y hoy he descubierto que tenia un sabor nuevo.
Creo que merece la pena narrarla, aunque esta licencia me obligue a garabatear unos trazos de liviandad sobre esta página austera.
Era, pues, la cosa que una anciana chiflada y venerable fue a alojarse a un gran hotel, y a los pocos minutos de llegar prorrumpió en expresiones de disgusto acompañadas por expresiones faciales que lo rubricaban. El texto abreviado de su entrecortada perorata era más o menos el siguiente: »¡Uf, qué habitación más pequeña! ¡Uf, qué muebles! ¡Y qué espejos! ¡Y en un hotel como éste! ¡Uf, qué alfombras! ¡Y qué poca ventilación!» Hasta que el mozo que la escuchaba ya no pudo contener su lengua, profesionalmente moderada, y rogó a la señora un minuto de paciencia. Estaban en el ascensor.
En la confusa mente de la señora se había convertido un lujosísimo ascensor en un pésimo dormitorio. Estoy seguro de que a las beneméritas personas que construyeron y decoraron aquel ascensor jamás se les habría ocurrido pensar que nadie pudiera asignarle la disparatada función de dormitorio. Lo que cabalmente utilizado para su función específica era una cosa buena, se con-vertía instantáneamente en ima cosa mala cuando se le asignaba una función inadecuada.
Esto nos hace pensar que el uso adecuado o inadecuado de las cosas puede cambiar radicalmente el resultado que de las mismas obtengamos. El caso narrado es tan obvio que, a no ser a nuestra anciana protagonista a nadie más se le ocurriría confundir las funciones de un ascensor con las de un dormitorio. Pero en la vida real las diferencias no suelen ser tan obvias, y ello hace que con desgraciada frecuencia se produzcan confusiones en cuanto al uso de las cosas, culpándose de los malos resultados obtenidos al artífice y no al usuario.
La mente del que fabrica ha de estar perfectamente coordinada con la mente del que usa los productos fabricados. Aquella era, felizmente pretérita, de los ungüentos y jarabes universales, útiles para todas las dolencias, ha sido sustituida por una era, como la presente, en la cuál se han creado medicamentos específicos para gran número de dolencias. El laboratorio que fabrica un específico lo hace pensando esencialmente en unas aplicaciones también específicas, y aquí, como en cualquier otro ejemplo que pudiésemos poner, las mentes del fabricante y del usuario deben estar en estrecha consonancia, si se buscan resultados realmente positivos.
El campo cerámico no es una excepción. Los ceramistas que lean estas líneas habrán adivinado ya cuál es su intención, y podrían mencionar fácilmente multitud de casos de la vida real en los cuales han participado, quizá, como pro-tagonistas.
Un color, una frita, un opacificante, aun siendo de buena calidad, pueden dar resultados mediocres, y hasta malos, si no se usan en las condiciones que preveía quien los fabricó. Una máquina da un bajo rendimiento, o se avería con frecuencia, cuando no se siguen las instrucciones de uso que facilita el fabricante. Una determinada clase de refractario, aun siendo de buena calidad, puede dar un resultado desastroso si no se instala y se usa en las condiciones que preveía el fabricante.
El análisis cuidadoso de estas tristes situaciones nos llevaría a descubrir un curioso mundo plagado de anécdotas que serían divertidas si a veces no fuesen trágicas. Habría que calar en las fibras humanas más íntimas para descubrir las verdaderas razones. En unos casos, el usuario infravalora la capacidad técnica del fabricante y pretende enmendarle la plana. En otros, el usuario trata de extraer un desorbitado rendimiento a los productos o a las máquinas, evitando así adquirir productos o máquinas de más precio. En otros casos, quizá, el fabricante no conoce a fondo lo que fabrica y no es capaz de suministrar unas condiciones detalladas de uso.
De todas estas y otras posibles situaciones se extrae una enseñanza única, que es la necesidad de establecer una sincera comunicación, una cooperación sin reservas mentales, entre fabricante y usuario. Hasta que no se fundan en un abrazo de buena fe las conductas de unos y otros, no cesarán de producirse las situaciones tragicómicas que hoy presenciamos.
El usuario que después de haber sufrido un fracaso, trata de justificar su inocencia o de obtener ventajas económicas, dando al fabricante una versión inexacta o incompleta de los hechos, atenta gravemente contra los comunes intereses y cierra sus puertas a la noble colaboración. El fabricante que se niega a aceptar responsabilidades en cuanto al rendimiento en servicio de sus productos, y que abandona al usuario en el instante en que el dinero ha ingresado en sus arcas, atenta igualmente contra esa comunidad de intereses que debe existir entre fabricante y usuario.
La hora de la cooperación y del leal entendimiento no debe hacerse esperar. Al menos entre caballeros.
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