ContemplaciÓN Y AcciÓN
Aunque la vida nos haya proporcionado duras experiencias y estemos cansa-dos y abatidos, no debemos reaccionar adoptando actitudes pasivas y mucho menos actitudes de signo negativo. El tiempo pasado puede haberjios maltratado, pero sólo en muy escasa medida debemos permitir que nos haga su prisionero. ¿Por qué hemos de adoptar la actitud del prisionero y no la del discípulo? En realidad, somos discípulos del pasado y estamos ávidos de aprender todo lo noble que nos ha precedido, de registrar en nuestra memoria y en nuestro corazón todo lo bueno, lo bello y lo útil que ha desfilado ante nuestros sentidos.
El pasado es razón de lo que somos, pero —por suerte o por desgracia— se espera de nosotros que seamos los modeladores y artífices de nuestro propio futuro.
Para modelar un futuro grande y noble se hace necesario extraer del pasado únicamente lo que en él existe de positivo, y dejar que se aleje y desaparezca la turbia corriente de recuerdos grises y experiencias destructoras, que sólo contribuirían a imprimir en el ánimo desconfianza, suspicacia y cansancio.
Desgraciadamente, algunas personas, cuando miran hacia atrás, no ven más que este compendio de factores negativos, y pretenden convencernos de que en ellos se encierra ida gran lección de su viday). La verdad es que esas personas, que se consideran a sí mimas como muy experimentadas en el arte de vivir, no pasan de ser simples coleccionistas de abrojos, y están ciegas a lo bueno, a lo útil y a lo bello. El pasado es como es. Su forma ya no varía, porque ha fraguado definitiva-mente. Las manos que lo han moldeado han dejado sus huellas grabadas en él y, si el tiempo no las borra, ahí quedarán para siempre como testigos de la historia. El futuro aún no tiene forma, porque aún no existe, y a medida que va llegando, va siendo moldeado por nosotros. El futuro, en realidad, no está en nuestras manos sino en las de Dios, pero ello no impide que tenga una consistencia fluida y nos parezca moldeable. La fuerza creadora de nuestra condición humana sólo tiene cauce hacia adelante. La pregunta: a ¿Cómo quisiéramos que hubiese sido el pasado? y> solamente tiene un interés dialéctico. Sin embargo, la pregunta: a ¿Cómo quisiéramos que fuese el futuro? y) tiene siempre una entraña positiva, de la más pura significación real.
Nuestra diferente actitud ante el pasado y el futuro está basada, sin duda, en que el pasado no exige de nosotros más que una acción contemplativa, mien-tras que el futuro requiere, por lo general, una acción ejecutiva. Ante el tiempo pasado somos espectadores, y ante el futuro, actores. Muchas veces hemos oído decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y ello será cierto solamente si ahora no somos capaces de hacer nada que le supere. Lo anterior es obra de otras personas, y no cabe duda que resulta más sencillo limitarse a la contemplación, análisis y glosa de la obra pretérita ajena que construir nuestra propia obra. A este propósito podemos traer a colación un conocido refrán inglés de la mejor traza humorística: (íLa preocupación mata más gente que el trabajo y, sin embargo, hay más gente que se preocupe que gente que trabajen). El estancamiento en un presente remansado puede ser debido en muchos casos al hipnotismo que produce la contemplación de unos horizontes preté-ritos estáticos, y en otros al horror a la acción, o al vértigo de lo desconocido. Cualesquiera que sean las íntimas razones que prevalezcan en cada caso, cabe pensar que el inamovilismo se funda, por lo general, en la convicción de que la situación presente es la mejor o, al menos, suficientemente buena. Con ello se justifica directa y llanamente toda inactividad. ¡Qué sencillo es convencerse a sí mismo de que lo que se tiene es suficientemente bueno cuando no se tienen ganas de trabajar en la obtención de algo mejor! El amor a la contemplación de lo que hicieron los demás, el horror a la acción que hemos de realizar nosotros, y el éxtasis que nos produce el perfume de nuestra propia obra, por mezquina que sea, son los tres clavos que nos crucifican irremediablemente a un estéril presente exento de perspectivas. Y no olvidemos que, cuando se nos cierran las perspectivas del futuro, instintivamente extremamos todas las precauciones de conservación. En esos casos, ya no pensamos en lo mucho que podemos ganar porque estamos demasiado ocupados en conservar lo poco que podemos perder. Conservar es defender algo de las garras del futuro. Ganar es arrancar algo al propio futuro.
https://boletinessecv.es/wp-content/uploads/2025/03/20120511102545.z19660503.pdf